Vivía en un mundo donde todo faltaba. Soñaba, cuando podía que era pequeña y que podía volar. Gustaba de probar una y otra vez la misma comida. Se veía a si misma como la prueba máxima de la incongruencia. Respiraba despacio, cerraba los ojos y escuchaba su propio latido. Recordaba constantemente momentos que no le pertenecían. Ella sabía que no era ella, si no el recuerdo de alguien más.
Sería verdaderamente feliz en un cuarto grande, con un restirador, oleo, carboncillo, gises pastel, acuarelas, una paleta y muchos pinceles. Y así vivir esa vida utópica donde sería más inspirada y menos racional. Es probable que esté en esto sola, pero a fin de cuentas me gustan los soliloquios. Y también tendría paredes grandes, para pintar en ellas. Y haría lámparas de colores, para ver cada noche distinta. Tendría ideas inconclusas sin colorear, que sólo en un día inspirado terminarían en una verdadera obra de arte. Viajaría por el mundo, y seguiría inspirada. Y como Salvador Dalí, despertaría para entender pintando lo que soñé. Un día voy a desaparecer, sólo para regresar y platicar de los lugares en donde no era yo.
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